
El chófer conducía como un loco por la estatal 57SB de Illinois. La temperatura exterior era de varios grados bajo cero y la calefacción mantenía el interior del coche a unos 30 grados. Yo llevaba ya dos horas y media oyendo a Frank parlotear sin parar en su meteórico inglés. La cabeza me iba a estallar después de más de doce horas de viaje.
Paramos (¡al fin!) en una zona de descanso llena de máquinas de refrescos. Necesitaba fervientemente agua y azúcar para que mi cerebro recuperase su tono vital. La cantidad y variedad de bebidas era infinita pero, para mi sorpresa, todos los refrescos eran light. Ni un miligramo de azúcar, ingrediente erróneamente demonizado por los gurús de la dieta y periodistas mal informados. Escogí un refresco de color rosa que no me gustó, no me refrescó y me dejó un artificial sabor dulzón en la boca durante el resto del viaje.
Llegué a nuestro destino agotada y muerta de sueño. Me acosté soñando con una larga noche de descanso... algo que no ocurrió.
Paramos (¡al fin!) en una zona de descanso llena de máquinas de refrescos. Necesitaba fervientemente agua y azúcar para que mi cerebro recuperase su tono vital. La cantidad y variedad de bebidas era infinita pero, para mi sorpresa, todos los refrescos eran light. Ni un miligramo de azúcar, ingrediente erróneamente demonizado por los gurús de la dieta y periodistas mal informados. Escogí un refresco de color rosa que no me gustó, no me refrescó y me dejó un artificial sabor dulzón en la boca durante el resto del viaje.
Llegué a nuestro destino agotada y muerta de sueño. Me acosté soñando con una larga noche de descanso... algo que no ocurrió.
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